Me pregunto porqué el viento araña la superficie de las cosas,
desnutre
el mobiliario urbano.
Porqué aún -todavía- tengo dieciséis años.

Los colores me distraen, me himnotizan,
y no puedo seguir escribiendo.
(Y no puedo responderte).

Metió las manos en la gabardina y las sacó llenas de arena, de vísceras, de mentiras cadavéricas.
No quedó ni rastro de mi regalo de cumpleaños.
No volví a acordarme de tus llamadas de teléfono.

Di la verdad: no me conoces, y te mueres de ganas.
Te diría que soy una persona con seis pares de razones prefabricadas,
sin lugares comunes en las comisuras de los labios,
con una alta dosis de teína acumulada,
con mucho miedo a que la odien, a hacer daño.

Ni si quiera yo, si fuese viento, rallaría la fachada de la que estás tan orgullos
o.
Para que puedas seguir pisando con tus Vans corazones desechables.
Para que indagues con tus uñas en los pechos de las crías muertas.

Te crees con derecho a dormir con cadáveres, a hacerles soñar contigo.
Habitar bajo la sábana que los cubre ha sido hasta ahora un método sutil de proteger tu estómago.

Serviría mejor el pico y la pala que guardaba en el trastero.
Un orificio seguro a espaldas de tus ojos verdes, de los míos.
Pensabas que nuestro fallo era que somos muy parecidos,
y tenías miedo a las pesadillas que dibujaba con plastidecores en tu abdomen,
pero lo cierto esque no nos parecemos en nada.

Hay demasiadas tonalidades de verde, amigo mío.